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El gran reto para la posible existencia de vida en mundos en torno a estrellas enanas rojas

jueves, 31 de julio de 2014
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Las estrellas enanas rojas son el tipo más común de estrellas, comprendiendo el 80 por ciento de todas las estrellas del universo. Debido a ello, existe un fuerte interés en determinar si, por su naturaleza especial, estas estrellas son aptas o no para que surja vida en planetas a su alrededor. Diversas investigaciones han llevado a buena parte de la comunidad científica a creer que sí son aptas. Ahora, un nuevo estudio apunta a que las condiciones de habitabilidad alrededor de estrellas de ese tipo probablemente sean más precarias de lo creído, debido a un factor que no se tuvo muy en cuenta en las investigaciones previas.

La “zona orbital habitable” es la franja alrededor de una estrella donde el calor de esta permite la existencia de agua líquida en la superficie de un eventual planeta. Como las enanas rojas emiten mucho menos calor que las estrellas como el Sol, tienen su zona orbital habitable mucho más cerca de ellas que en el caso del Sol. Y esa cercanía tan notable de un planeta a su estrella entraña peligros. La situación no es muy distinta a cuando, al tener que arrimarnos mucho a un fuego para calentarnos, aumenta el riesgo de que alguna brasa que salte hacia fuera nos alcance, y también es más probable que respiremos una mayor cantidad de humo.

Estar tan cerca de una estrella enana roja, aún cuando sea bastante pacífica, significa una mayor exposición a las ocasionales “tormentas solares”, con todos los efectos nocivos que ello comporta.

Como si se tratase de los escudos deflectores de la famosa nave Enterprise de la saga de ciencia-ficción Star Trek, el campo magnético de la Tierra nos protege de las erupciones solares y otras manifestaciones tempestuosas del Sol.

Sin embargo, incluso un campo magnético tan potente como el de la Tierra no podría proteger tan bien a su planeta frente esa clase de fenómenos violentos a la distancia de una enana roja que permita la existencia de agua líquida en tal mundo. Y además, según los cálculos realizados en el nuevo estudio, el simple “viento solar” emanado de la enana roja resultaría peligrosamente fuerte a tan corta distancia.

El equipo de Ofer Cohen y Jeremy Drake, del Centro para la Astrofísica (CfA) en Cambridge, Massachusetts, gestionado conjuntamente por la Universidad de Harvard y el Instituto Smithsoniano, todas estas entidades en Estados Unidos, ha determinado que aunque habría momentos en que los escudos magnéticos del planeta se mantendrían firmes, abundarían más las ocasiones en que tales escudos estarían demasiado debilitados.

Esto provocaría no pocos efectos nocivos para el mantenimiento de las condiciones aptas para la vida en el planeta afectado. Además, a largo plazo, tales mundos acabarían perdiendo su atmósfera, arrancada poco a poco por el viento solar.

Para un observador hipotético en un planeta tan cercano a su estrella, habría señales inequívocas de la magnitud de las fuerzas envueltas en la lucha y del nivel de riesgo reinante, aunque disfrutase de una temperatura ambiental como en las zonas templadas de la Tierra. Por ejemplo, las auroras polares serían espectaculares, sin comparación con nada visto en la Tierra, ya que podrían resultar 100.000 veces más fuertes que las de nuestro planeta.

A todo ello seguramente habría que agregarle el efecto de la cercanía de la estrella sobre la rotación del planeta, que acaba estando sincronizada con su traslación. Eso significa que el planeta termina girando sobre sí mismo de un modo tal que siempre le muestra la misma cara a su estrella. En tales circunstancias, dicha cara ostenta un eterno día, mientras que en el hemisferio opuesto reina una noche perpetua. Obviamente, eso implica que el hemisferio diurno del planeta tenderá a estar muy caliente, y el nocturno muy frío. La presencia de una atmósfera puede suavizar esa diferencia de temperaturas, con vientos que transporten aire caliente al hemisferio nocturno, y aire frío al diurno. Pero eso tal vez no sea suficiente, sobre todo en el caso de planetas muy cercanos al borde más interno de su zona orbital habitable, en los que se acumularía demasiado calor. O, aunque sí hubiera una buena transferencia de calor, el precio que habría que pagar posiblemente sería la existencia de vientos tan destructivos como huracanes soplando constantemente.

Fuente: NCYT

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